sábado, 12 septiembre, 2026

Las Masías de Segorbe, un viaje al alma de un patrimonio olvidado

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En el corazón de la comarca del Alto Palancia, donde los paisajes de Segorbe se tiñen de historia y tradición, las masías emergen como testigos silenciosos de un pasado rural que se resiste a desaparecer. Estas construcciones, ancladas en la tierra y en la memoria colectiva, son las protagonistas de Masías de Segorbe, un libro que será presentado este viernes a las 19:30 en el Teatro Serrano. Escrito por Plácido Benet Muñoz y enriquecido con las fotografías de Juan Bautista Ferrando, entre otros, esta obra es un canto al patrimonio, una invitación a redescubrir 47 masías que salpican el término municipal y que guardan historias de trabajo, supervivencia y comunidad. En una reciente entrevista en el programa La Vida en Directo, Plácido y Ferrando desgranaron los secretos de este proyecto, compartiendo anécdotas, curiosidades y un profundo amor por su tierra.

El germen de una idea: De la prensa al libro

La génesis de Masías de Segorbe se remonta a hace más de una década, cuando Plácido Benet colaboraba con la prensa local dirigida por Rafael Martín, una figura clave en la difusión de la cultura segorbina. “Estaba escribiendo artículos sobre palabras de la zona, y cuando terminé, Rafael me dijo: ‘Haz algo más para Segorbe’”, recuerda Plácido con una sonrisa. Fue entonces cuando surgió la idea de explorar las masías, esas construcciones rurales que, aunque omnipresentes en el paisaje, a menudo pasan desapercibidas. Lo que comenzó como una serie de artículos para el periódico se ha transformado ahora en un libro que no solo recopila datos históricos, sino que inmortaliza la esencia de estas casas de campo. “Los periódicos se tiran, pero un libro cuesta más desecharlo. Siempre queda”, subraya Plácido, dedicando la obra a Rafael Martín y a su esposa, Mari Carmen Calpe, quien ha continuado con empeño el legado de su marido.

El proceso de creación no fue sencillo. Plácido y Ferrando, junto con otros colaboradores, se embarcaron en un viaje por el término de Segorbe para documentar las 47 masías que componen el libro. “Creo que no falta ninguna, hemos recorrido todo”, asegura Plácido, aunque deja la puerta abierta a posibles sorpresas. Cada masía, con su historia única, su estado de conservación y su ubicación estratégica, ofrece una ventana al pasado y plantea preguntas sobre el futuro de este patrimonio.

Un recorrido por la historia y el paisaje

Las masías de Segorbe no son solo construcciones; son el reflejo de una forma de vida marcada por la necesidad y la conexión con la tierra. Plácido explica su propósito original: “Eran tierras lejanas, a veces a 20 kilómetros de Segorbe. Ir y volver en un día tras una jornada dura de trabajo era un matadero. Por eso se construían estas casas, para que los trabajadores pudieran quedarse allí”. Muchas de ellas, diseñadas con recintos fortificados y torres de vigilancia, no solo ofrecían refugio, sino también protección contra asaltantes en tiempos convulsos.

Entre las masías destacadas está la Masía del Gabacho o de la Virgen, una construcción monumental que Ferrando describe como “una pequeña fortaleza”. Sus muros guardan ecos de la Guerra Civil Española, con vestigios que atestiguan la presencia de figuras como Juan Negrín y La Pasionaria. “Había fotos y referencias de la época. Es una masía muy bien conservada, te recomiendo que la visites”, sugiere Ferrando. Sorprendentemente, esta masía sigue siendo utilizada por sus dueños como residencia de fin de semana, un ejemplo de cómo algunas de estas construcciones han encontrado una segunda vida.

En contraste, otras masías, como la Masía Cuenca, languidecen en un estado de decadencia. “Es una pena verlas así”, lamenta Plácido, quien destaca la belleza del trayecto hasta esta masía, especialmente por la Fuente del Oro, que este año, tras épocas de lluvia, ha recuperado su caudal. “El paisaje es precioso, solo se oyen los pájaros. Es una maravilla”, añade Ferrando, enfatizando la paz que ofrecen estos enclaves.

Historias que resuenan en la piedra

Cada masía tiene una historia que contar, algunas envueltas en misterio y otras marcadas por la tragedia. Una de las anécdotas más curiosas que comparte Plácido es el rumor de que en la Masía del Gabacho se escondió el famoso “oro de Moscú” durante la Guerra Civil. “Es mentira, pero es una historia que se contaba”, aclara con una sonrisa. Otra masía, la de Arguinas (o Aguinas, según la pronunciación local), tuvo un pasado singular: en la Edad Media funcionó como hospital para transeúntes, atendido por clérigos. “Tenía un oratorio con una Virgen y era un lugar importantísimo, pero hoy está totalmente destruida”, explica Plácido.

Algunas masías deben su nombre al entorno o a sus propietarios. La Masía de Cuencas, por ejemplo, está ubicada en la partida homónima, mientras que la Masía de Jesús del Monte lleva el nombre de un retablo cerámico con un Niño Jesús que adornaba su fachada. “Le dijimos al dueño que lo quitara porque, al publicarlo, corría el riesgo de que lo robaran. Y así fue, lo quitó”, cuenta Plácido. Desafortunadamente, el vandalismo ha afectado a varias masías, como la Casa de Laza, donde desaparecieron azulejos y hasta pilas de mármol. “Es un patrimonio que hay que conservar y mejorar”, insiste Ferrando.

Otras masías han tenido destinos inesperados. La conocida como Masía se convirtió en una discoteca emblemática de la “ruta del bacalao”, mientras que la Masía de Ferrer funcionó durante años como restaurante y alojamiento, aunque ahora está en desuso. “Hicieron una inversión tremenda allí, es una lástima que no siga funcionando”, reflexiona Plácido. La Masía de Tristán, cerca de Gátova, ofrecía literas asequibles para visitantes, pero el temor a incendios ha frenado su uso. “Es antiquísima y estaba muy bien, pero ya no se utiliza para eso”, lamenta.

El arte de capturar la esencia

El libro Masías de Segorbe no sería lo mismo sin las fotografías que lo acompañan, obra de Ferrando y otros dos fotógrafos. “Algunas masías nos permitieron entrar, como la del Gabacho y la de Coronel, pero en otras solo fotografiamos el exterior o las cuadras”, explica Ferrando. Su lente ha capturado no solo la arquitectura, sino también la atmósfera de estos lugares: desde las vistas panorámicas hasta los detalles de las piedras y las vigas de madera que, en muchos casos, se construyeron con los recursos del entorno. “Aprovechaban lo que tenían: piedras del lugar, árboles para las vigas. Era la economía de la época”, detalla Plácido.

Las fotografías también documentan el paso del tiempo. Algunas masías, como la de Susierris, cerca del río Palancia, han sufrido los embates de la naturaleza. “En la riada de 1957, el aparcero de esa masía tuvo que escapar agarrado a la cola de un caballo”, relata Plácido. Otras, sin embargo, han resistido siglos, gracias a la calidad de su construcción o al cuidado de sus propietarios.

Un patrimonio en juego

El estado actual de las masías es un tema que preocupa a Plácido y Ferrando. Mientras algunas, como la de Valero o Cuencas, están cerca del núcleo urbano y son accesibles, otras requieren caminatas por senderos pedregosos. “Cuando las visitamos, teníamos menos años. Ahora es más complicado”, bromea Plácido. Sin embargo, ambos animan a los lectores a explorar estas construcciones, siempre con respeto. “Son lugares estratégicos, con vistas increíbles y mucha paz. Lo ideal es ir andando, disfrutar del paisaje”, sugiere Ferrando.

La recuperación de las masías para usos turísticos o recreativos es un sueño que ambos comparten, aunque reconocen las dificultades. “Debería intentarse. Es una pena que algunas desaparezcan”, dice Plácido. La Masía Nueva, por ejemplo, se planteó como destino turístico, pero los propietarios prefieren usarla de forma privada. El mantenimiento de estas construcciones, especialmente las más antiguas, es costoso, y la fragmentación de la propiedad, como ocurre con las villas de Navajas, complica su conservación. “Pasa lo mismo que con las villas: cuando hay muchos herederos, nadie quiere asumir el gasto”, explica Plácido.

Una cita con la historia

La presentación de Masías de Segorbe en el Teatro Serrano no será solo un evento cultural, sino también un reencuentro con la memoria. Plácido, quien fue maestro en Segorbe hace décadas, espera ver a antiguos alumnos entre el público. “Tuve chavales que ahora tendrán 50 o 60 años. Me gustaría que vinieran y me dijeran quiénes son, porque no los voy a reconocer”, confiesa con humor. La velada promete ser una celebración del esfuerzo colectivo detrás del libro, con un reconocimiento especial a Rafael Martín y su esposa, Mari Carmen Calpe, cuya dedicación ha hecho posible esta obra.

Masías de Segorbe es más que un catálogo de construcciones; es un viaje al alma de un territorio, una invitación a caminar por sus senderos, a escuchar el silencio de sus paisajes y a imaginar las vidas que habitaron estas casas. Como dice Plácido, “un libro siempre queda”. Y con él, queda la esperanza de que las masías, con sus historias de piedra y madera, sigan siendo parte del paisaje y del corazón de Segorbe. Este viernes, el Teatro Serrano espera llenarse de admiradores de este patrimonio, de curiosos y de quienes, como Plácido y Ferrando, creen que caminar por las masías es caminar por la historia.

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