El silencio de la multitud se hizo pesado en la calle Colón. Solo el rumor de la charanga rompía la espera, esa calma nerviosa que precede al instante clave. El cajón, arrastrado entre música y aplausos, se detuvo en el lugar de siempre. Dentro, el toro aguardaba como un secreto a punto de desvelarse. Afuera, Segorbe contenía el aliento. Y cuando la madera cedió y la puerta se abrió, la fiesta volvió a nacer: el toro desencajonado salió a la calle, recordando que aquí, en este rincón del Alto Palancia, la tradición no se rinde.
- Una fiesta con obstáculos y memoria
No todo había sido sencillo. Días antes, la Peña La Desencajoná vivió una noticia amarga: el toro que se había anunciado, un ejemplar imponente de la ganadería “El Val” de Puebla de Valverde, había sufrido un percance en el corral. Unos novillos, compañeros de encierro, lo rayaron hasta estropearle la piel. El ganadero, con honradez, recomendó no embarcarlo. La ilusión se desmoronó por un momento: el cartel mostraba a un toro hermoso, esperado, y el pueblo ya había puesto rostro a su bravura. Pero la fiesta es también improvisación y resistencia. Otro toro ocupó su lugar y la peña siguió adelante, convencida de que lo importante era cumplir con el rito: desencajonar, llenar la calle, mantener viva la tradición.
“Lo que queremos es que el pueblo disfrute, que el jueves de toros siga siendo nuestro día”, contaba Manuel Hervás, uno de los miembros veteranos. Sus palabras resonaban con el peso de treinta y un años de historia, porque desde 1994 la Peña La Desencajoná ha sido fiel a su cita.
- El latido de Colón
La calle Colón es el escenario sagrado. Desde ahí, siempre, se abre el cajón. Antes fueron caballos los que acompañaban al toro; hoy, la charanga y el gentío forman la comitiva. Pero el ritual se mantiene inalterable: mismo recorrido, mismas esquinas, mismo lugar de salida.
El toro de este año salió con fuerza contenida. Midió la calle, olfateó el aire, buscó las sombras y encaró las esquinas con la inteligencia propia de su raza. Hubo embestidas secas, con peligro real en la tómbola y en el arco de la Verónica, donde las calles estrechas multiplican el riesgo y cada arrancada parece un latigazo. “Cuando decidía ir hacia delante, lo hacía con todo”, repetían los que lo vieron de cerca. Y es que cada movimiento del toro recordaba que la bravura no se domestica: se enfrenta, se respeta y se vive con el corazón en vilo.
- Juventud y relevo en la peña
El tiempo pasa, pero la peña se renueva. Alrededor de treinta personas forman hoy el grupo, con la alegría de ver cómo nuevas generaciones se suman al esfuerzo. Jóvenes que aportan energía, mujeres que cada vez tienen más protagonismo —“muy toreras ellas, hijas de toreros”, decían con orgullo—, y familias enteras que transmiten la afición como un legado irrenunciable.
Ese relevo generacional se vio reflejado en un gesto íntimo: María, hija de Fernando Zarzoso «El Curso», dio un paso al frente y cogió el rabo del toro junto a su padre que cortó la cuerda. Nadie quería asumir la responsabilidad, como suele suceder, pero ella alzó la voz: “Mi padre y yo, que somos de la peña, lo haremos”. Y así, entre aplausos, la tradición quedó sellada en familia.
- El pulso del peligro
La desencajoná no es un espectáculo complaciente: es emoción real, con riesgo verdadero. En más de una ocasión, el toro ha embestido con tal fuerza que los cajones han temblado, y algún mozo ha salido disparado al suelo. Hace dos años, un percance recordó lo frágil que es la frontera entre fiesta y tragedia: Fernando y su hijo cayeron tras un golpe seco, y la suerte quiso que quedara en susto. Este año, la prudencia llevó a reforzar la salida con dos cajones, una medida que da mayor estabilidad y evita que los mozos de arriba caigan en caso de embestida.
“Es un espectáculo que siempre entraña riesgo, pero ahí está la grandeza”, explicaba Álvaro Marín, fotógrafo y testigo privilegiado. “El toro es imprevisible: puede quedarse parado o desatar toda su furia en un segundo. Y esa incertidumbre es la que mantiene viva la emoción”.
- El toro de la noche
Si por la tarde el toro no ofreció todo el juego esperado en la plaza, la noche trajo otra cara de la fiesta. Con las calles iluminadas, el animal se mostró más vivo, con embestidas poderosas que pusieron en jaque a los recortadores. Hubo carreras tensas en la tómbola, arrancadas fulminantes hacia el arco de la Verónica y momentos en que el peligro se palpaba en cada esquina.
El concejal de fiestas tomó nota de una sugerencia repetida: colocar una luz en la puerta del toril. La experiencia enseña que los toros, atraídos por la claridad, entran mejor al corral. Son detalles técnicos, casi invisibles para el público, pero fundamentales para que la fiesta discurra con seguridad.
- Música, aplausos y pertenencia
La desencajoná no acaba con el toro. Tras la tensión, llega el alivio de la cena, la charanga que cruza la plaza y el himno de Segorbe sonando al final de la noche. Ese momento, cuando la música inunda el aire y los aplausos se confunden con la emoción, es quizás la imagen más pura de lo que significa esta tradición: unión, identidad, pertenencia.
La Peña La Desencajoná lo sabe bien. Desde hace 31 años, cada jueves de toros lleva su sello. Ni la lluvia, ni los percances, ni los cambios de toro han podido detener una costumbre que ya forma parte del alma del pueblo.
- El legado que sigue
El toro desencajonao es más que un animal bravo pisando la calle. Es la memoria viva de un pueblo que se reconoce en su fiesta. Es la mano de un padre que guía a su hija en el ritual. Es la juventud que entra para que los mayores descansen. Es la música que despide la noche y el rumor de la gente que dice, sin decirlo: “seguiremos”.
Porque mientras haya un cajón arrastrado por la calle Colón, mientras haya vecinos que contengan la respiración al abrirse la puerta, Segorbe seguirá latiendo al compás del rugido bravo de su tradición.

