La primera Trashumancia Infantil conquista la calle Colón

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El sol de septiembre iluminaba esta mañana la calle Colón como si quisiera participar en la fiesta. Bajo ese cielo claro, Segorbe escribió una página inédita en su historia festiva: la primera Trashumancia Infantil, un acontecimiento que logró detener el tiempo y reunir a generaciones enteras en torno a un mismo latido.

La iniciativa, organizada por la Comisión de Toros 2025 junto a la ganadería de Germán Vidal, arrancaba como una idea casi inocente, pensada en un garito por jóvenes comisionadas que se preguntaban cómo dar protagonismo a los más pequeños. “Los niños siempre se quedaban al margen, detrás de las vallas, con el carretón como única alternativa. Queríamos regalarles un acto propio”, explicaba Andrea, todavía emocionada tras vivir el estreno.

Y lo que comenzó como un experimento terminó convirtiéndose en un fenómeno.

 

  • Una calle abarrotada de futuro

 

Minutos antes de las 11:30, la calle Colón ya hervía de expectación. Lo que al principio parecía un pequeño corrillo de familias se transformó en una multitud abarrotando cada rincón, balcones incluidos. Cuando los animales hicieron su aparición, una ovación espontánea se mezcló con las risas y los gritos de ilusión.

Los niños, nerviosos al principio, pronto rompieron la timidez: corrieron, saltaron, acompañaron al ganado con esa mezcla de juego y respeto que solo ellos saben conjugar. Los padres, con el corazón encogido, los seguían de cerca; los abuelos, entre lágrimas y sonrisas, reconocían en esas carreras la semilla de la tradición.

“He corrido con mi nieta y me ha faltado el aire de la emoción. Verla disfrutar como si fueran los toros más bravos del mundo ha sido impagable”, confesaba un vecino veterano, que recordaba que hacía décadas se intentó algo similar. “Pero ahora, con más seguridad, con más mimo, es distinto. Esto sí que tiene futuro”.

 

  • Un regalo para ellos, una siembra para todos

 

La esencia de la mañana no estuvo en los animales, dóciles y familiares, sino en las caras iluminadas de los niños. Algunos apenas sabían andar con soltura, otros rozaban ya la adolescencia, pero todos compartieron la misma alegría desbordante. “Lo que hemos visto hoy es la cantera viva de Segorbe”, afirmaba Nacho, otro aficionado. “Años y años con carretones estaban bien, pero necesitaban algo más. Esto ha sido un salto enorme”.

El acto no fue solo un entretenimiento. Fue un ritual de iniciación simbólico. Una manera de acercar a los pequeños al espíritu de la fiesta, de transmitirles la cultura taurina y popular desde un lugar seguro y festivo. “Es un regalo para ellos, y también para nosotros —añadía María, de la Comisión—, porque sabemos que sin niños no hay tradición que dure. Estamos creando futuro”.

 

  • Segorbe, tradición en movimiento

 

La historia de Segorbe con el toro es antigua, casi eterna. Los documentos hablan de encierros ya en 1380, cuando el ganado se trasladaba por necesidad, por alimento, por fe. Hoy, más de seis siglos después, la ciudad sigue reinventándose sin traicionar su esencia. La Trashumancia Infantil ha sido prueba de ello: un gesto sencillo que, sin embargo, resuena como una revolución dentro del calendario festivo.

La calle Colón, vestida de fiesta y abarrotada como si fuera mediodía de Entrada de Toros y Caballos, se convirtió en un espejo donde se reflejaba la ilusión de toda una ciudad. Los niños corriendo junto al ganado eran la metáfora perfecta: Segorbe sigue viva porque sabe mirar hacia adelante sin olvidar lo que la sostiene.

 

  • El eco de una nueva tradición

 

Al concluir el recorrido en la plaza de la Cueva Santa, el aplauso fue unánime. No había espacio para la duda: lo que había nacido ese día ya formaba parte de la historia local. “El año que viene habrá el doble de gente”, se escuchaba entre los comentarios. Y nadie lo ponía en cuestión.

Quizás lo más hermoso fue comprobar que, en un tiempo donde las tradiciones parecen difuminarse, Segorbe apostó por ampliarlas, por compartirlas, por hacerlas accesibles a quienes representan el mañana. “Esto no se puede perder. Los niños tienen que disfrutar también de la fiesta”, repetía un aficionado con voz entrecortada.

Y así fue como, en una mañana luminosa, entre risas y carreras, Segorbe entendió algo esencial: que la verdadera fiesta no es solo la que se celebra, sino la que se transmite. Y esta primera Trashumancia Infantil no fue solo un acto para recordar, fue una semilla sembrada en el corazón de toda una generación.

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