El Viernes Santo transcurrió en la Catedral de Segorbe bajo un silencio denso. La diócesis de Segorbe-Castellón se detuvo para contemplar el centro de su fe: la pasión y muerte de Jesucristo. La celebración, presidida por el obispo Mons. Casimiro López Llorente, se desarrolló sin Eucaristía ni consagración. El altar permaneció desnudo, sin cruz, sin manteles ni luces.
La liturgia comenzó sin canto de entrada. El obispo entró en silencio y se postró ante el altar. Las lecturas resonaron con fuerza en el templo en silencio. El profeta Isaías puso palabras al sufrimiento: “Él fue traspasado por nuestras rebeliones”.
La Carta a los Hebreos presentó a Jesucristo como el sumo sacerdote que, a través del dolor, aprende la obediencia y se convierte en fuente de salvación. El punto culminante fue el relato de la Pasión según san Juan, proclamado solemnemente: Cristo, elevado en la cruz, reina desde la entrega total.
En la homilía, don Casimiro invitó a contemplar al Siervo sufriente. Describió a Cristo como “el siervo paciente, el varón de dolores, humillado y rechazado por su pueblo”, en quien se revela un Dios que asume el dolor humano. Ese sufrimiento no era por pecado propio —Jesús era inocente—, sino consecuencia del pecado del mundo: mentiras, envidias, traiciones y maldades.
“Cristo carga con el peso de toda la humanidad”, señaló el obispo, “con los pecados de todos los hombres y con todo sufrimiento humano”. Su entrega fue voluntaria y redentora. “Cristo sufre y muere por nuestros pecados, en favor nuestro y en lugar de nosotros”.
El obispo destacó el abandono de Jesús como su mayor dolor: sentirse abandonado por Dios, experimentar soledad y vacío. De ahí brotó el grito: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. Ese abismo es el que desciende el Hijo para alcanzar al hombre en su lejanía.
La cruz reflejó también el sufrimiento actual: la miseria y el hambre de millones, la muerte de tantas criaturas no nacidas, los refugiados rechazados, los enfermos desahuciados y los ancianos abandonados. “En la cruz… siempre estaré con el que sufre”, afirmó. En medio del dolor, “rompe la luz de la esperanza”. Dios reconcilia al mundo consigo mismo y muestra su amor en palabras de perdón: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”.
La salvación, insistió, es don gratuito, fruto del amor infinito de Dios. La cruz se convierte así en el símbolo supremo de ese amor y en el lugar donde el hombre encuentra el sentido de su existencia.
Al concluir, don Casimiro exhortó a mirar a Cristo, contemplar su sufrimiento y abrirse al amor que brota de la cruz, adorándola como “el signo mayor del amor de Dios por cada uno de nosotros”.
El centro de la celebración fue la adoración de la cruz. Uno a uno, los fieles se acercaron para venerarla, reconociendo en ese instrumento de muerte el signo vivo de la redención y la victoria del amor de Cristo.
Aunque no hubo plegaria eucarística —las formas consagradas el Jueves Santo permanecieron reservadas—, la comunión subrayó la unidad del misterio pascual. Lo que comenzó en la Última Cena encontró continuidad en esta jornada marcada por la contemplación de la cruz.

