Álvaro Cervera y Antonio Calvo, veterinarios que han hecho del cuidado animal su vocación y su vida

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En medio de la explosión de energía que produce la Entrada de Toros y Caballos de Segorbe, hay dos figuras que se mueven con calma, observando cada gesto, cada paso de los caballos y sus jinetes: Álvaro Cervera y Antonio Calvo, veterinarios que han hecho del cuidado animal su vocación y su vida. «Estamos aquí para salvaguardar que cualquier accidente que pueda pasar con un caballo se solucione de inmediato», explica Álvaro mientras señala el puesto de mando que han instalado, un pequeño epicentro de seguridad. Allí, un botiquín de primeros auxilios y un equipo entrenado forman la primera línea de defensa ante cualquier eventualidad.

Afortunadamente, la jornada transcurre sin incidentes graves. «Lo mejor es que no haya que actuar. Como los árbitros, si no hablamos de nosotros, es que todo va bien», comenta Antonio con una sonrisa que refleja la satisfacción de un trabajo silencioso pero esencial. Cada gesto, cada mirada, cada movimiento de los caballos es observado con atención, porque en esta fiesta la seguridad y el bienestar animal van de la mano con la tradición.

El dispositivo sanitario no es casualidad: en las instalaciones del Centro Hípico del Ayuntamiento, la Universidad Católica de Valencia ha desarrollado un hospital para grandes animales que abrirá próximamente. Este espacio estará destinado a cirugías, endoscopias y tratamientos que los veterinarios de campo no pueden realizar en plena calle. Aquí, la ciencia se encuentra con la pasión, y la salud del animal se convierte en una prioridad indiscutible, incluso en medio de la emoción de la fiesta.

Pero la labor de Álvaro y Antonio va más allá de la técnica: es una cuestión de conexión, de sensibilidad y de respeto profundo por los animales. Ambos crecieron rodeados de caballos y han participado en encierros de Chiva y otros pueblos de la Comunidad Valenciana. «El encierro campero está bien, pero las entradas son indescriptibles. Existe riesgo, sí, pero la emoción es incomparable», confiesa Álvaro. Cada carrera, cada embestida, cada giro repentino, es un recordatorio de que la tradición convive con la responsabilidad y la prudencia.

En el fragor de la fiesta, los veterinarios se convierten en guardianes silenciosos. «Nosotros somos los ojos y el sentimiento del animal. Ellos no hablan, pero transmiten con la mirada y los gestos, y nosotros ponemos eso en palabras», dice Antonio, con un brillo de orgullo y vocación en los ojos. Su presencia garantiza que cada caballo, cada participante y cada espectador pueda vivir la experiencia con intensidad, pero también con seguridad.

El encierro no es solo una demostración de destreza: es un ritual que conecta generaciones, una tradición que late en cada rincón del pueblo. Y aunque la adrenalina corre a raudales, la figura del veterinario recuerda que la emoción no debe eclipsar la responsabilidad. Cada caída, cada tropiezo, cada momento de tensión es vigilado con precisión y cariño.

Álvaro y Antonio también representan la continuidad de un legado: aquellos que, desde niños, han crecido rodeados de animales y han aprendido a leer sus gestos, a entender sus necesidades, a anticiparse a cualquier situación de riesgo. Su labor es invisible para muchos, pero fundamental. Mientras los caballos galopan con fuerza, ellos permanecen atentos, preparados para intervenir en el instante exacto en que se les necesite.

La fiesta de Segorbe no es solo una tradición: es una experiencia que se vive con todos los sentidos. Es el olor del polvo levantado por los cascos, el calor de la multitud, el latido acelerado de los jinetes y la tensión de cada espectador. Y en medio de todo, los veterinarios se convierten en guardianes de la vida, en intérpretes silenciosos de la emoción y el bienestar de los animales.

Gracias a ellos, la fiesta puede vivirse con intensidad sin perder la responsabilidad. Cada mirada que cruzan con un caballo es un recordatorio de que su trabajo es un acto de amor, de respeto y de compromiso. Y mientras el sol cae sobre Segorbe y la última carrera termina, su labor sigue siendo invisible, pero esencial: que todo haya salido bien, que nadie haya resultado herido, que la tradición se mantenga viva y segura.

Entre la adrenalina y la emoción, entre el ruido y la tradición, Álvaro y Antonio son los guardianes silenciosos de la fiesta. Sus manos, su mirada y su corazón aseguran que Segorbe siga celebrando con pasión, respeto y, sobre todo, con vida. Porque en cada carrera, en cada giro, en cada zancada de los caballos, se refleja la fuerza de la tradición y la sensibilidad de quienes la protegen.

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