Así viven los Alandí Pertegaz su tradición

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El alba acariciaba suavemente los tejados de la ciudad cuando las calles comenzaron a llenarse de vida. Entre el murmullo de los vecinos, el olor a pan recién horneado y la expectación que flotaba en el aire, la familia Alandí Pertegaz se movía con una mezcla de nerviosismo y entusiasmo, preparando cada detalle para uno de los momentos más esperados del año: la Entrada de Toros.

Para ellos, esta fiesta no es solo una tradición; es la historia viva de su familia. Cada trenza, cada moñito colocado en la crin de los caballos, cada ajuste del arreón, está impregnado de generaciones de pasión y dedicación. “Desde que salió mi bisabuelo Ramón hace muchos años, luego mi padre, mi tío y mi hermano, y ahora yo también… bueno, y mi padre también sale con nosotros”, contaba Nerea Alandí Pertegaz, con una sonrisa que mezclaba orgullo y emoción, mientras sus dedos ágiles terminaban de tejer las últimas trenzas del caballo que ella montaría ese día.

A su lado, Alfonso, su hermano, respiraba hondo, intentando calmar la mezcla de emoción y nervios que recorría su cuerpo. “Este es mi segundo año participando. El año pasado salí con diecisiete años, y ahora repito”, decía mientras acariciaba al animal, sintiendo bajo sus manos la fuerza contenida que pronto se desataría en las calles. Para prepararse, habían participado en encierros camperos con ganado manso, entrenando a los caballos para reaccionar con calma ante el jaleo y la multitud. Cada detalle contaba; cada ensayo era un paso más en la preparación de una danza peligrosa y hermosa que solo los más valientes se atreven a ejecutar.

La familia Alandí Pertegaz representa la continuidad de una tradición que se vive con pasión y responsabilidad. Generaciones han pasado por estas calles, dejando huella y transmitiendo no solo habilidades ecuestres, sino valores, memoria y orgullo por una fiesta que es más que un espectáculo: es identidad. Su abuelo, quien participó por primera vez hace décadas, seguramente los miraría hoy con ojos húmedos de orgullo, reconociendo en sus descendientes la misma valentía que él mostró hace tantos años.

“Es muy importante que sigan la tradición que empezó mi abuelo. La Entrada es probablemente una de las fiestas más importantes de la Comunidad Valenciana, y ver que mis hijos participan me llena de orgullo”, confesaba el padre, mientras los caballos desfilaban con majestuosa disciplina por las calles, rodeados de vecinos, turistas y aficionados que aplaudían, capturando con fotos y móviles cada instante.

El espectáculo que se despliega en la Entrada de Toros es más que visual. El bullicio, el golpeteo de los cascos sobre el pavimento, el relincho de los caballos y el rugido del público crean una sinfonía de adrenalina y emoción. El polvo levantado por los caballos se mezcla con la luz dorada del amanecer, mientras los corredores, jóvenes y mayores, se lanzan al desafío con coraje y respeto por la tradición.

Nerea y Alfonso Alandí Pertegaz, con trenzas y moñitos perfectamente colocados, respiraban profundo antes de dar el primer paso de la Entrada. Sus ojos reflejaban la mezcla de miedo, alegría y concentración absoluta. Allí, en ese instante, no solo corrían los caballos: corría la historia de una familia, la memoria de generaciones y la pasión que mantiene viva una tradición que desafía el tiempo.

La jornada avanzaba y cada giro de la Entrada se transformaba en un espectáculo que parecía detenido en el tiempo. Los Alandí Pertegaz, con cada movimiento, mostraban la armonía perfecta entre hombre, caballo y toro, una coreografía ancestral que había empezado con Ramón, continuado con sus hijos y ahora vivida con intensidad por Nerea y Alfonso. Era un espectáculo que emocionaba no solo por su riesgo, sino por la conexión tangible entre pasado y presente, entre tradición y vida.

Al caer la tarde, mientras el polvo se asentaba y el último caballo abandonaba las calles, la familia Alandí Pertegaz se abrazaba, exhausta pero satisfecha. Habían vivido otra Entrada, otra página en la historia de su familia, otra oportunidad de honrar a quienes los precedieron y de mostrar que la tradición no se pierde; se transmite, se siente y se vive con cada fibra del cuerpo.

En la mirada de Nerea y Alfonso, en los gestos de sus padres y en el murmullo de la ciudad que aplaudía, quedaba claro: la llama de la tradición Alandí Pertegaz seguía encendida, brillante y potente, corriendo por sus venas y por las calles de su ciudad, generación tras generación.

 

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