Desde la oscuridad de la noche hasta la luz del Domingo de Resurrección, la diócesis de Segorbe-Castellón ha celebrado el centro de su fe: Cristo vive.
La Vigilia Pascual comenzó anoche en el claustro de la Catedral de Segorbe. Con la noche cerrada, se encendió el fuego nuevo. Junto a él, el obispo Casimiro López Llorente y los fieles reunidos en silencio asistieron al encendido del cirio pascual. La luz se extendió después a las velas de los presentes y, más tarde, a cada parroquia de la diócesis. Con ese gesto se proclamó la verdad central: Jesucristo ha vencido a la muerte y abre un horizonte de esperanza para todos.
Esta mañana, la Solemne Eucaristía del Domingo de Resurrección se celebró en la Catedral, presidida por Mons. Casimiro López Llorente. Concelebraron el deán y párroco de Santa María, D. Federico Caudé; el vicario parroquial, D. José Salas; y el secretario particular del obispo, D. Ángel Cumbicos, asistidos por el diácono. Participaron numerosos fieles y la corporación municipal, encabezada por la alcaldesa. El coro Capilla Catedral, dirigido por D. David Montolío, acompañó la celebración.
En la homilía, el obispo centró su mensaje en el anuncio pascual: «No está aquí: ha resucitado».
«¡Cristo ha resucitado! Esta es la gran verdad de nuestra fe cristiana», afirmó Mons. López Llorente. Subrayó el carácter real e histórico de la Resurrección, ocurrida en un momento concreto de la historia y que dejó en ella una huella indeleble. No se trata de una historia piadosa ni de un símbolo, sino del acontecimiento que ocupa el centro de la historia y transforma radicalmente la existencia humana.
El obispo recordó que en Cristo resucitado queda restaurada toda la creación, la humanidad y la historia. La Resurrección es un don universal para todos los que creen en él. Vinculó este misterio con la vida sacramental: por el Bautismo, los cristianos participan ya del Misterio Pascual de la muerte y resurrección del Señor.
Mons. Casimiro López Llorente invitó a los fieles a no reducir la Pascua a una celebración litúrgica. «Es necesario vivirla», dijo, y exhortó a asumir un estilo de vida coherente con el Evangelio, marcado por el amor, el perdón, el servicio humilde y la atención a los más necesitados.
El saludo del Resucitado —«Paz a vosotros»— resume el fruto de la Pascua: el triunfo de la vida sobre la muerte, del amor misericordioso sobre el pecado, y de la paz y el perdón sobre el odio. Deseó que esta paz se acoja como don de Dios en el corazón de cada uno y se extienda entre personas, familias, grupos y pueblos. Concluyó pidiendo que los cristianos sean testigos de una fe que nace de un corazón nuevo, reconciliado y reconciliador.
Tras la Eucaristía, las imágenes de Jesucristo Resucitado y de la Santísima Virgen María recorrieron las calles próximas a la Catedral en la procesión del Encuentro.
Hoy repican las campanas en toda la diócesis. La Pascua se prolonga durante cincuenta días hasta Pentecostés, tiempo para ahondar en el misterio de la Resurrección, que se hace presente cada vez que una comunidad se reúne, escucha la Palabra y parte el pan.
El anuncio resuena con la misma fuerza que en aquella primera mañana: Jesucristo ha resucitado. Verdaderamente ha resucitado.

