Las vacas de La Alcora: juventud y bravuconería

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La plaza de toros de Segorbe volvió a teñirse de emociones intensas, de silencios súbitos y ovaciones atronadoras con el XL Concurso de Ganaderías “Ciudad de Segorbe”. En el albero se presentó la ganadería La Espuela, de L’Alcora, con un lote de vacas jóvenes que pusieron sobre la arena esa mezcla de descaro, nervio y bravuconería que tanto ilusiona a la afición.

Desde los primeros compases se notó la chispa: arrancadas con decisión, mirada fija, codicia en cada cite. Las reses querían, tenían ese “algo” que despierta murmullos de esperanza en los tendidos. Pero pronto se hizo visible la otra cara: la falta de fuerza, de fondo, de aguante en los minutos decisivos. El corazón pedía pelea, pero el cuerpo no terminaba de responder. Y así, lo que comenzó con promesas de grandeza acabó dejando una sensación tibia, como de oportunidad incompleta.

“Son vacas que apuntan maneras, pero les falta oficio. El tiempo dirá”, se escuchaba entre aficionados veteranos, resumiendo con sabiduría lo que muchos sentían.

La tarde, sin embargo, guardaba un momento que encogería los corazones. Fue cuando Óscar Traquela, joven valor de la plaza, quedó arrollado por la que había sido la mejor vaca del lote. Una embestida traicionera lo lanzó contra la arena con violencia. El silencio fue inmediato, la plaza entera contuvo la respiración.

Y entonces, la imagen que nadie olvidará: Traquela, maltrecho, con el brazo dolorido como en cabestrillo, decidió volver al ruedo. No había concesión al miedo ni espacio para el lamento. Con paso firme, siguió ofreciendo su entrega, desafiando al dolor, arrancando una ovación cerrada que trascendía el simple reconocimiento. Fue un aplauso al coraje, a la casta humana que hermana esta fiesta con valores de sacrificio y dignidad.

Al final, la comisión, en un acto de sensatez, decidió retirarlo. Pero la escena ya había quedado grabada para siempre en la retina de los presentes: la de un hombre que, pese al golpe, eligió dar la cara.

En Segorbe, la fiesta no se sostiene solo con vacas y toros. Detrás, en la trastienda invisible, late la comisión, auténtica columna vertebral del concurso. Son quienes, desde el amanecer, atienden cada detalle: abren cajones, vigilan al ganado, recogen hasta la más mínima piedra del ruedo —como hizo el concejal Aitor la tarde anterior—. Nada escapa a su entrega.

La imagen más emotiva llegó cuando la comisión entró con el cajón y los caballos en la plaza de la Cueva Santa. Los tendidos, de manera espontánea, se levantaron para ovacionarlos. Un reconocimiento sincero a quienes rara vez reciben aplausos, pero sin los cuales nada sería posible.

La entrega es absoluta, la unión entre comisiones crece, y la pasión se multiplica. Pero también hay sombras: el cansancio acumulado pesa, la presión no da respiro, y en las redes sociales surgen críticas fáciles que no entienden de sacrificios. En esa tensión entre gloria y desgaste se mueve el alma silenciosa de la fiesta.

Si algo define al concurso de este año es la vibrante respuesta del público. Los tendidos se llenan desde el primer minuto; no hay huecos vacíos, ni desbandada a mitad de tarde. Cada vaca es seguida con fervor, cada puntuación debatida con intensidad.

El ambiente recuerda al de los mejores tiempos: tertulias improvisadas en los corrillos, discusiones apasionadas sobre la justicia de los jueces, aplausos, silbidos y comentarios que hacen del concurso un termómetro de la afición viva. Segorbe demuestra que tiene cantera, que la pasión se transmite de padres a hijos, que el futuro de la fiesta está asegurado.

Claro que también hay exigencia. A las grandes ganaderías, como la de Fernando Machancoses —que lidera la clasificación—, siempre se les pide más. Nunca basta con estar arriba, el público reclama la tarde perfecta. Y cuando no llega, la crítica se endurece, a veces con una severidad injusta. Pero esa exigencia, al fin y al cabo, también es signo de respeto y de amor por la fiesta.

En lo puramente deportivo, el concurso sigue abierto, con nombres propios que empiezan a brillar:

 

Ventolera (33 puntos) se ha erigido como la gran protagonista, vaca destacada por su bravura y fondo.

Chata (24,5) y Mejicana (22) confirmaron con oficio lo que se espera de ellas.

En toros, Negrillo brilló con 20 puntos, mientras que Cartujano, embolado, decepcionó con apenas 5,5, dejando un sabor amargo en la plaza.

El total de vacas asciende ya a 153 puntos, lo que refleja no solo la dureza del certamen, sino también la igualdad reinante.

 

En el capítulo del toro embolado, la expectación es máxima: Dani Machancoses acaricia un triplete histórico con “Margarito”, algo inédito en tres ediciones consecutivas. Pero Germán no ha dicho su última palabra, y su toro podría cambiarlo todo en el último instante. La emoción está garantizada, aunque también sobrevuelan las inevitables polémicas sobre puntuaciones y favoritismos.

El balance hasta ahora es claro: Segorbe vive días grandes, con satisfacción general, pero sin alcanzar aún la tarde perfecta que todos esperan. Han brillado destellos memorables —las arrancadas de Ventolera, la codicia de Negrillo, la entereza de Óscar Traquela—, pero también ha habido momentos apagados, vacas que se vinieron abajo demasiado pronto y toros que no rompieron como se deseaba.

Lo mejor: la entrega de la gente, la unión de la comisión, el lleno en los tendidos y la cantera viva de la afición segorbina.

Lo peor: los percances, el cansancio acumulado, las polémicas en redes y la ausencia, todavía, de una faena redonda que quede en los libros de historia.

Hoy, domingo, la plaza espera una última jornada que puede redimir silencios y multiplicar aplausos. Pase lo que pase, Segorbe ya ha dejado claro que su fiesta está más viva que nunca.

Porque aquí no se trata solo de vacas o toros, de puntos o clasificaciones. Aquí lo que importa es la pasión compartida, la emoción que une a un pueblo entero, la verdad que se mide en el ruedo y en los tendidos.

Cuando caiga el telón y el polvo se asiente, quedará lo esencial: el valor de los hombres y mujeres que hacen posible la fiesta, la bravura de las reses que entregan su casta, y la fuerza de una afición que vibra unida.

Segorbe, con su concurso, no solo celebra un espectáculo. Celebra su carácter, su identidad y su manera de sentir. Y esa verdad, más allá de lo mejor y lo peor, es lo que hace eterna a esta fiesta.

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