domingo, 2 agosto, 2026

Unos platos rituales de cerámica para exequias en la Catedral de Segorbe

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En ocasiones, los objetos más sencillos y realizados en materiales más humildes, contienen un trasfondo simbólico profundo, no sólo por su significado histórico o función, sino también por su procedencia, aportando una información valiosísima a través de su uso primigenio. Todo ello enmarcado en el contexto de la riquísima cultura cerámica tradicional en nuestras tierras, las peculiaridades de la liturgia eclesiástica y las creencias populares en el ámbito peninsular. Casos tan excepcionales como el copón de la Fábrica del Conde Aranda en Alcora, de principios del siglo XIX, conservado en la parroquia de Cortes de Arenoso, nos hablan de los múltiples destinos y la importancia de este arte pese a la rareza e infrecuencia de su conservación.

Aparte del empleo de estas piezas en términos eucarísticos, el uso de recipientes cerámicos en el contexto de los rituales funerarios y de transición, entre la Edad Media y Moderna y mediados del siglo XX, es bien conocido por la investigación. El protocolo fúnebre del uso de la sal y los vasos de extremaunción, evidencia la asimilación arqueológica e histórica del dogma cristiano de aquellas creencias populares en la ritualidad frente a la muerte. De esta manera, identificamos dos prácticas principales que pueden asociarse a contenedores cerámicos abiertos, como platos, cuencos o escudillas.

Por un lado, servir de depósito de sal era una práctica extendida consistente en la colocación de un recipiente con este ingrediente sobre el cadáver durante el velatorio. De tal manera, se presentaba una doble dimensión para justificar la necesidad higiénica de la preservación, ante la natural descomposición y tumefacción, así como un profundo componente apotropaico, en protección del alma de ataques demoníacos e impidiendo el retorno del espíritu del difunto al cuerpo.

Por otro lado, más frecuente en nuestras tierras, estos objetos se empleaban, sobre todo, en la gestión de los Santos Óleos durante el protocolo ritual de la extremaunción. En tal caso, los platos servían para acoger las estopas y algodones consagrados tras la unción del moribundo. Para evitar el sacrilegio, estos materiales eran quemados y sus cenizas eliminadas a través del sacrarium o piscina litúrgica. Muchas veces, como se apreció en la excavación de los enterramientos del claustro de la Catedral de Segorbe en el año 2000, la amortización de estas piezas solía concluir con su deposición en la sepultura junto al difunto. Aunque, como posiblemente veremos en este caso, en épocas más avanzadas, se documentase la reutilización reiterada de ejemplares en catedrales, parroquias e, incluso, cofradías.

En la Catedral de Segorbe se conservan sendos platos cóncavos empleados, con toda probabilidad, para estos fines. El primero, plenamente barroco, procedente de los obradores de Manises de la primera mitad del siglo XVIII y con algunos daños históricos, corresponde a las series denominadas de «clavellinas» o adormidera, por el motivo decorativo principal empleado, en azul cobalto sobre fondo blanco, por el pincel del artista en todo el fondo, desarrollando un elemento vegetal de gran mata del que brotan, en el borde exterior, tres clavellinas. En la pared, en el extremo junto al ala, decoración sencilla geométrica de cenefas y puntillas alternando con vegetales y labio en banda azul. Una tipología muy desarrollada, en su tiempo, a lo largo de todo el siglo, en la conocida cerámica de reflejos dorados, combinando los motivos comentados, así como otros muy populares como el «pardalot».

La segunda de las piezas de cerámica, con decoración pintada en verde manganeso y morado sobre esmalte blanco, está realizada en los talleres de Teruel a finales del XVII, correspondiente a una derivación adaptada a los motivos de las series azules de origen oriental o chinesca (series de «hoja-ala» o «paisaje») y también acomodadas a las innovaciones decorativas propias de la moda alcoreña (serie de «curvas encajadas»). Se trata de una serie de apariencia más popular, a veces calificada por algunos autores como «decadente», por su vinculación a una la finalidad meramente utilitaria de estas obras, pues muchas cerámicas de esta tipología corresponden a menaje diario como jarras, alcuzas, cántaros, lebrillos, cuencos o morteros. Además, corresponden a elaboraciones menos finas, más impurezas en su composición.

El estudio de la cultura material cerámica vernácula viene a demostrar que los objetos de uso cotidiano sufrieron constantes procesos de resignificación. Mientras que en el ámbito funerario moderno actuaron como nexo entre la profilaxis médica, la liturgia cristiana y el pensamiento popular ante la muerte.

Estos dos platos parecen marcar la ruta del Camino Real de Aragón, tan trascendente para el conocimiento y significación de la antigua diócesis de Segorbe y Albarracín, con la procedencia uno de Manises, en los inicios de la ruta, y otro de Teruel, en su finalización. Esta lectura, en el contexto bajomedieval del Alto Palancia, evidencia una realidad social del momento histórico en un espacio de convivencia e hibridación cultural como el diocesano, entre el sustrato islámico y morisco previo y la influencia cristiana gótica.

  1. David Montolío Torán. Dr. Historia del Arte y Ldo. en Geografía e Historia. Miembro de la Delegación Diocesana de Patrimonio Cultural
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