Ayer, Jueves Santo, la Catedral de Segorbe acogió la Misa de la Cena del Señor presidida por el obispo D. Casimiro. Con esa celebración se abrió el Triduo Pascual, los tres días que conmemoran la pasión, muerte y resurrección de Cristo.
La liturgia transportó a los fieles hasta la Última Cena. En la noche en que iba a ser entregado, Jesús tomó el pan y el vino, los bendijo y los entregó a sus apóstoles como su Cuerpo y su Sangre. De ese modo, unió para siempre la Eucaristía al sacrificio de la Cruz.
En su homilía, D. Casimiro recordó que estos días son los acontecimientos centrales de la fe cristiana. Invitó a los presentes a entrar espiritualmente en el cenáculo y hacer suyos los gestos y las palabras de Jesús. Allí, explicó, el Señor dejó su testamento a la Iglesia: la Eucaristía, el sacerdocio y el mandamiento del amor.
Cristo, como verdadero Cordero Pascual, anticipó en la mesa lo que iba a consumar en la Cruz: entregarse por la salvación del mundo. Con las palabras “Haced esto en memoria mía”, encomendó a sus discípulos perpetuar aquel misterio. Desde entonces, cada Misa actualiza la Pascua del Señor y se convierte en manantial de vida y comunión con Dios y con los hermanos.
El obispo insistió en que la Eucaristía ocupa el centro de la vida de la Iglesia. Sin ella, dijo, la fe y la vida del cristiano se debilitan hasta morir. Lamentó la escasa asistencia a la Misa dominical y llamó a recuperar “el hambre de Eucaristía”. Pidió también orar por las vocaciones sacerdotales, porque sin sacerdotes no hay Eucaristía.
En un momento central de la celebración, D. Casimiro se arrodilló ante doce cofrades de la Cofradía de la Verónica de Segorbe y les lavó los pies. Ese gesto, explicó, expresa el mandamiento nuevo del amor, que no puede separarse de la mesa del Señor. “No se puede participar de la Eucaristía sin amar y servir al prójimo”, afirmó.
Desde ahí exhortó a los fieles a vivir una caridad concreta, sobre todo hacia los más necesitados. Cada gesto de servicio al hermano, recordó, es un lavatorio de pies hecho realidad. Les animó a abandonar la catedral con el corazón renovado y a ser testigos del amor que habían recibido.
Tras la comunión, el Santísimo Sacramento fue llevado al monumento preparado para la adoración silenciosa de los fieles. La jornada terminó con la Procesión Penitencial, en la que las cofradías de Segorbe recorrieron las calles de la ciudad acompañadas por numerosos fieles.
Con la Misa del Jueves Santo dio comienzo el Triduo Pascual, que se cerrará el Domingo de Resurrección.

