viernes, 31 julio, 2026

La Diócesis de Segorbe-Castellón clausura el Jubileo de la Esperanza en la fiesta de la Sagrada Familia

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La Catedral Basílica de Segorbe acogió el domingo por la tarde la ceremonia de clausura diocesana del Jubileo de la Esperanza. La eucaristía solemne fue presidida por el obispo Casimiro López Llorente y concelebrada por el deán de la catedral, Federico Caudé, el vicario general, Javier Aparici, y un amplio grupo de sacerdotes de la diócesis. A ellos se unieron diáconos y seminaristas. La parte musical de la celebración estuvo a cargo de la Capilla Catedral.

La ceremonia puso punto final a un año completo dedicado a este tiempo jubilar, en el que parroquias, comunidades religiosas, movimientos, asociaciones y otras realidades de la diócesis participaron de forma activa. Durante estos meses se promovieron iniciativas centradas en la conversión personal, la reconciliación y la renovación de la fe.

La clausura coincidió con la fiesta litúrgica de la Sagrada Familia de Nazaret, lo que marcó el tono de toda la celebración. En un ambiente de recogimiento y gratitud, los asistentes se reunieron para dar gracias por el camino recorrido durante el año jubilar. La diócesis se presentó como una gran familia que agradece al Señor los frutos recibidos.

El obispo López Llorente comenzó su homilía invitando a los presentes a ver el Jubileo como un don de Dios. Con palabras de alegría y agradecimiento, señaló que la diócesis cerraba este período en el que el Señor se había acercado de manera especial para perdonar pecados y sanar heridas. A lo largo del año, las celebraciones, peregrinaciones, encuentros y gestos de caridad dejaron una huella visible en la comunión eclesial.

El obispo recordó que la diócesis había caminado como peregrina de esperanza: consciente de estar en camino, sin tener todas las respuestas, pero sostenida por la promesa de Dios. En el contexto de la Navidad, subrayó que Dios no se mantiene distante, sino que se hace carne y acompaña a su pueblo como Emmanuel, Dios con nosotros.

La clausura del Jubileo no representa un cierre definitivo, sino el inicio de una nueva etapa. Lo vivido durante este año debe prolongarse en la vida cotidiana, tanto personal como comunitaria, y de forma especial en las familias, que son el primer lugar donde la esperanza se pone a prueba y se convierte en realidad concreta.

Basándose en las lecturas del día, el obispo profundizó en el carácter familiar de la esperanza cristiana. La primera lectura, tomada del libro del Eclesiástico, insistió en la importancia de honrar a los padres como base humana y espiritual de una esperanza sólida. Respetar, cuidar, agradecer y reconciliarse con los padres y los mayores abre un camino de bendición y sanación, especialmente en una sociedad afectada por el individualismo y la fragilidad de los vínculos.

El salmo responsorial presentó una imagen cotidiana de la bendición divina: el trabajo de cada día, la mesa compartida y el hogar. Se trata de una felicidad que no ignora las dificultades, sino que se apoya en la presencia constante del Señor. López Llorente mostró cercanía a las familias que atraviesan situaciones complejas, como precariedad económica, enfermedad, soledad, migración o rupturas familiares, y recordó que ningún esfuerzo pasa desapercibido ante Dios.

El obispo valoró especialmente la segunda lectura, de la carta de san Pablo a los Colosenses, que describió como una catequesis completa sobre la vida familiar cristiana. Destacó las actitudes que deben caracterizar a quienes viven en el Señor: misericordia, humildad, mansedumbre, paciencia y, sobre todo, el perdón mutuo.

La familia, afirmó, no debe idealizarse, sino entenderse como un camino real de santificación donde se aprende a amar de verdad. Citando al apóstol, recordó: “Que la paz de Cristo reine en vuestro corazón”. Cuando Cristo ocupa el centro del hogar, la familia se transforma en una escuela de esperanza capaz de resistir las crisis y de dar un testimonio creíble ante el mundo.

En esta línea, evocó las enseñanzas del papa Francisco sobre la necesidad de traducir la esperanza en acciones concretas: cuidar la vida desde la concepción hasta la muerte natural, atender a enfermos y ancianos, acompañar a los jóvenes, acoger a los migrantes y mostrar amor preferencial por los pobres.

El evangelio del día colocó ante los asistentes la imagen de la Sagrada Familia en un momento de huida y precariedad. José, María y el Niño Jesús experimentaron miedo, desarraigo e inseguridad, pero mantuvieron la esperanza gracias a su confianza total en Dios. El obispo subrayó que Jesús comenzó su vida como refugiado, lo que lo convierte en un signo de cercanía para las familias que hoy sufren persecución, pobreza o violencia.

Presentó a la Sagrada Familia de Nazaret como un modelo accesible y realista: la esperanza no consiste en controlar todas las circunstancias, sino en confiar en Dios incluso en los momentos oscuros y caminar según su voluntad.

Al cerrar el Jubileo, el obispo exhortó a toda la diócesis a asumir la misión que nace de la gracia recibida. Después de haber peregrinado, celebrado y recibido la reconciliación, los fieles son enviados a la vida ordinaria para ser testigos de esperanza, empezando por sus propias familias y por la Iglesia diocesana, que definió como “gran familia de familias”.

Pidió que los hogares cristianos sean lugares de oración, diálogo, cuidado de la vida y acompañamiento en el sufrimiento, y que ninguna familia se sienta sola dentro de la diócesis. Con una invocación final a la Sagrada Familia de Nazaret, concluyó afirmando que la esperanza cristiana no defrauda, porque Dios es fiel, camina con su pueblo y ofrece la salvación en su Hijo Jesucristo, nuestra única esperanza.

La celebración litúrgica terminó con un ágape sencillo compartido por los asistentes. Alrededor de la mesa, los participantes prolongaron la comunión vivida durante la eucaristía. Los rostros reflejaban gratitud y la certeza de ser hijos amados de Dios.

Este encuentro fraterno se convirtió en un signo claro de una comunidad que avanza unida, que se sabe acompañada por el Señor y que asume con nuevo impulso la tarea de anunciar el Evangelio. La Diócesis de Segorbe-Castellón cierra así el Jubileo de la Esperanza con el corazón agradecido y la mirada dirigida al futuro, dispuesta a seguir testimoniando que Dios habita en medio de su pueblo.

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