sábado, 12 septiembre, 2026

Segorbe revive su pasado con la conferencia de Vicente Palomar sobre la Casa de la Ciudad

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En la Sala de Alcaldes del Ayuntamiento de Segorbe, un rincón cargado de historia propia, se han reunido segorbinos apasionados por el patrimonio local para asistir a un evento que no solo desenterró un edificio olvidado, sino que revivió el alma misma de la ciudad. La conferencia, titulada “La Casa de la Ciudad de Segorbe en la plaza del Almudín”, fue impartida por el arqueólogo y exdirector del Museo Municipal de Arqueología y Etnología de Segorbe (MAES), Vicente Palomar Macián, cuya pasión y erudición cautivaron a todos los presentes.

Organizado por el Instituto de Cultura del Alto Palancia (ICAP) en colaboración con el Ayuntamiento, el acto contó con la presencia de la Alcaldesa Mª Carmen Climent, la Concejala de Cultura, Marisa López y el Concejal, Vicente Hervás, quienes escucharon atentamente junto a un público que abarrotó la sala. La presentación corrió a cargo de Vicente Gómez, miembro de la junta directiva y del consejo asesor del ICAP, quien convirtió el preludio en un emotivo homenaje a Palomar y su legado.

Vicente Gómez abrió la conferencia con un discurso que combinaba admiración, gratitud y un toque de humor, preparando el escenario para lo que sería una inmersión profunda en la historia local. “Estamos aquí gracias a un convenio entre el Ayuntamiento de Segorbe y el ICAP, que promueve actividades culturales para enriquecer nuestra comarca y fortalecer nuestra identidad”, comenzó Gómez, situando el evento en un contexto de compromiso colectivo con el patrimonio. Sin embargo, pronto centró su atención en el protagonista de la tarde, Vicente Palomar Macián, a quien describió como “una institución en Segorbe, alguien cuya vida está entrelazada con la historia de esta ciudad”.

Gómez trazó un retrato vívido de Palomar, destacando su trayectoria multifacética. Licenciado en Historia y Arqueología, Palomar fue profesor durante 32 años en institutos locales, donde dejó una huella imborrable en generaciones de estudiantes. “Fue parte del nacimiento de esos centros educativos y creció con ellos, convirtiéndose en un referente”, afirmó Gómez. Pero su verdadera vocación ha sido la investigación, un terreno donde ha brillado con una producción prolífica: 67 artículos científicos, dos libros fundamentales –como “La Prehistoria de la Comarca del Alto Palancia”, escrito junto a Rafael Martín– y 22 artículos periodísticos. “De esos 67 artículos, 28 han sido publicados por el ICAP, lo que lo convierte, con mucha diferencia, en nuestro autor más prolífico”, señaló con orgullo.

El presentador no se limitó a enumerar logros; pintó a Palomar como un hombre de campo y archivo. “Cuando era joven, lleno de energía, recorría los campos de Segorbe excavando, picando, buscando vestigios. Con los años, cuando la juventud dio paso a la madurez, se sumergió en los archivos, desentrañando la historia urbana de nuestra ciudad”, relató Gómez. Citó trabajos clave que abarcan desde el proyecto de construcción de la iglesia de San Blas en 1975 hasta estudios sobre el convento de San Martín, el portal de la Verónica, el castillo de Segorbe en 1455, el pozo de la plaza, la casa cuartel, el conjunto franciscano, de las ruinas del Monasterio Jerónimo de Nuestra Señora de La Esperanza o la plaga de langosta de 1756. “Estos artículos, aunque a veces pasan desapercibidos para el público, son fundamentales; son los ladrillos que construyen el conocimiento histórico de Segorbe”, afirmó, lanzando una crítica velada a quienes usan su obra sin citarlo. “Hay quienes van al cofre del tesoro y citan; otros, con todo el morro, fusilan sin decir nada. Hoy reconocemos a Vicente por todos, los que lo citan y los que no”, añadió con una sonrisa.

Gómez también destacó el papel de Palomar como arqueólogo municipal y director del MAES, donde fue clave en la renovación y consolidación del patrimonio local. “Su trabajo le valió el Premio Turístico de Segorbe en 2024, un reconocimiento muy merecido”, dijo. En un tono más personal, reveló que Palomar dudó en impartir esta conferencia por considerar que su artículo carecía de suficientes ilustraciones. “Pero lo convencimos, y aquí está, con un trabajo brillante que nos va a iluminar sobre la Casa de la Ciudad”, concluyó, agradeciendo públicamente su dedicación al conocimiento histórico de Segorbe. “Vicente no solo investiga; él construye nuestra memoria colectiva”.

Con un modesto “gracias a Vicente por sus palabras, siempre excesivas, y a las autoridades por acompañarnos”, Palomar tomó la palabra, sumergiendo a la audiencia en un relato que combinaba rigor académico con anécdotas que hacían palpitar el pasado. Basada en un artículo publicado en 2024 en el libro homenaje a Patxi Guerrero Carot, la conferencia abordó la antigua Casa de la Ciudad, un edificio medieval en la plaza del Almudín que, hasta ahora, era poco más que una sombra en los registros históricos. “Teníamos pocas referencias sobre este edificio. No sabíamos cómo era su arquitectura, su distribución interna ni su ubicación exacta, que era motivo de controversia”, explicó Palomar, agradeciendo al archivero Rafa Simón por facilitar el acceso a las actas municipales conservadas desde 1698 en el archivo municipal.

Palomar comenzó despejando una duda fundamental: la ubicación. “La Casa de la Ciudad estaba situada en la plaza del Almudín, conocida en el siglo XI como plaza de la Villa”, afirmó, citando un documento en latín que describe el tránsito del camino real desde la puerta de Teruel, pasando por la casa Badía (el palacio episcopal), la catedral, la plaza de la Villa y hasta la puerta de Valencia. “Esto nos indica que, ya en el siglo XI, este espacio albergaba dependencias administrativas, probablemente en el edificio que hoy estudiamos”, señaló. Con el tiempo, la plaza adoptó el nombre de Almudín por el almacén de grano ducal ubicado en los bajos del edificio, consolidándose como el núcleo político y administrativo de Segorbe hasta mediados del siglo XIX.

El arqueólogo detalló la extensión del conjunto, que iba más allá de un solo edificio. “La fachada principal daba a la plaza del Almudín. A la izquierda limitaba con la calle Desamparados; a la derecha, con un estrecho callejón que conectaba con el horno de pan del convento del Carmen, que más tarde se integró al complejo. El conjunto se extendía hasta la actual calle de la Sangre, antes llamada Espartero o General Sanjurjo, e incluía viviendas para los alguaciles o vergueros del Ayuntamiento”, explicó, mostrando un plano idealizado creado con ayuda de Luis Lozano. “Gracias a las actas, hoy podemos fijar su ubicación con precisión, resolviendo una controversia que llevaba siglos”.

La exposición de Palomar se convirtió en un fascinante recorrido arquitectónico y social, reconstruyendo el edificio a partir de detalles extraídos de las actas. Uno de los hallazgos más sorprendentes fue un nicho en la fachada principal, documentado en 1717, que albergaba una imagen del ángel custodio, patrón de Segorbe. “Imaginad una figura similar al ángel de Juan de Juanes en la catedral de Valencia, vigilando la plaza desde lo alto”, ilustró. En 1738, este nicho amenazaba ruina, un indicio temprano del deterioro del edificio.

La planta baja albergaba el Almudín –propiedad ducal–, un vestíbulo de entrada con objetos tan curiosos como reveladores: un barril de cobre para refrescar agua, tres caños de bronce con caras de león retirados de una fuente pública, un tormento medieval con tornillos de hierro (“probablemente un vestigio de épocas más duras que ya no se usaba”, bromeó Palomar), y llaves de portales, de dependencias internas y de la urna de San Félix. Esta reliquia, donada en 1672 por el duque Pedro Antonio de Aragón tras recibirla del Papa, fue motivo de continuas disputas con la catedral, como detalla un artículo de Rafael Martín. “La urna se guardó inicialmente en la capilla del Ayuntamiento, visitada por vecinos y el obispo, antes de trasladarse a la catedral, aunque el consistorio mantuvo su propiedad, lo que generó tensiones”, explicó.

Subiendo por amplias escaleras, la primera planta era el corazón administrativo. La sala capitular, o “sala crecida”, era de dimensiones impresionantes: en 1758, acogió a más de 400 cabezas de familia durante un pleito por las aguas de la Esperanza. “Imaginad 400 personas, quizás apretadas, pero cabiendo en una sala que debía ser enorme”, dijo Palomar, comparándola con el Salón de los Alcaldes, que apenas alberga a 50. La sala guardaba objetos simbólicos: indumentarias de vergueros, cuatro cuadros de papas, mazas de plata para procesiones, banderas de la ciudad, caretas y barbas postizas de los “barbudos” que acompañaban estandartes en el Corpus Christi. “Recuerdo de niño ver esas barbas blancas; luego se perdieron, quién sabe por qué, quizás por incomodidad”, comentó, sugiriendo recuperarlas.

El oratorio o capilla, otro espacio clave, contenía vinajeras, candelabros de peltre, frontales de San Félix, lámparas, una casulla carmesí, andas del ángel custodio y vestimentas de jurados. También albergaba una pequeña imagen de Santa Lucía, trasladada a su ermita en diciembre para la festividad. El “amasador”, posiblemente una cocina para las familias de los vergueros, guardaba pasteras, una paleta de madera, un mandil y cinco timbales con pieles para las procesiones del Corpus, que Palomar describió como un espectáculo de fe y jolgorio: gigantes, cabezudos, danzas como la moma, los nanos, los matachines o la mangrana, estudiadas por Montolío y Rafa Simón. “Estos elementos, dispersos por el edificio, reflejan un caos organizado, típico de la vida municipal”, bromeó.

El archivo, con pergaminos góticos catalogados en 1752 por orden de Fernando VI, era un tesoro documental. Palomar lamentó que este inventario, realizado por el notario Juan Máñez, desapareciera antes de la Guerra Civil, pero destacó su importancia para los derechos municipales. En la planta superior, una “cambra” almacenaba 16 tablones de nogal sin uso, mientras que los “calabozos o cuartos bajos” alojaban, sorprendentemente, a un verguero en 1756, en condiciones precarias. Un acta de ese año narra cómo un vecino, Alfonso Vélez, rompió una pared desde su casa hacia estos calabozos, provocando una inspección municipal.

Palomar no esquivó los problemas crónicos del edificio, que reflejaban su antigüedad. En 1738, la capilla sufría goteras; en 1754, se desplomaban paredes. En 1833, la sala capitular carecía de sillas y tenía paredes derrumbándose; en 1847, se apuntaló por peligro inminente. Para 1850, el edificio fue declarado inhabitable, y se propuso su reconstrucción. En 1853, el arquitecto Juan Mercader diseñó una nueva casa en los solares de la nevería (donde se almacenaba nieve) y la manobra (depósito de materiales de construcción), con una fachada ornamentada, vestíbulo con dos fuentes, oficinas, archivo y capilla. Los planos, conservados en el Museo de Bellas Artes de Valencia y el archivo municipal, muestran un edificio moderno de 500 m² por planta, con detalles como una escalera monumental y un reloj en la fachada.

Sin embargo, la Revolución Progresista de 1854 desvió los fondos a armamento, y la desamortización de 1855 vendió los solares a particulares como Domingo Orero (32.000 reales) y Manuel Valenciano (42.900 reales). En 1856, vecinos de calle Desamparados, como Salvador y Ramona Clemente, denunciaron el riesgo de colapso. Ese año, el Ayuntamiento compró los bajos ducales –44 palmos de profundidad– por 15.000 reales, considerando que unificar la propiedad facilitaría una futura reconstrucción o venta. En 1863, el arquitecto Vicente Martín presentó nuevos planos por 114.000 reales, pero en 1865 se optó por adquirir el palacio del Duque de Medinaceli por 130.000 reales. La antigua Casa de la Ciudad fue derribada en 1866, sus materiales subastados para financiar reformas en el palacio, y el solar vendido en 1878 a Manuel Izquierdo, Vicente Guerrero, Vicente Andrés y Mariano Segovia, ampliando la plaza del Almudín y alineando la calle de la Sangre.

Palomar salpicó su relato con anécdotas que hicieron reír y reflexionar a la audiencia. El callejón junto al horno de Carmen, estrecho y oscuro, fue escenario de “escándalos” en 1807, cuando vecinos denunciaron “hechos nada bien vistos al público y a nuestra religión cristiana” –encuentros amorosos ilícitos– aprovechando su penumbra. En 1848, Bautista Gallego pidió cerrarlo, aunque sin éxito. Los porches de la plaza, comunes en Segorbe, también fueron cerrados en el XIX para evitar “actos deshonestos”. Uno, habilitado en 1866 para vivienda del portero, es posiblemente el único vestigio que sobrevive, visible en la fachada del sindicato de riegos. “Estos detalles nos muestran que la Casa de la Ciudad no era solo un edificio; era el epicentro político, social y festivo de Segorbe, donde se mezclaban la burocracia, la fe y la vida cotidiana”, reflexionó Palomar.

Mostró un dibujo idealizado, creado con Luis Lozano, que recreaba la fachada con el nicho del ángel, una cúpula con linterna, los porches y el callejón. “Era un edificio que respiraba la historia de Segorbe, desde las procesiones del Corpus hasta las disputas por reliquias o aguas”, dijo, evocando un espacio que, aunque demolido, sigue vivo en los archivos y en la memoria colectiva.

La conferencia, que cerró con un aplauso ensordecedor, fue más que una lección de historia; fue un acto de amor por Segorbe. Gómez lo resumió: “Vicente construye conocimiento, ladrillo a ladrillo, y nos ayuda a entender quiénes somos”. Con Climent, López y Hervás, como testigos, la ciudad reafirmó su compromiso con su patrimonio. Palomar, al abrir el turno de preguntas, dejó una certeza: gracias a investigadores como él, la Casa de la Ciudad, aunque reducida a documentos y recuerdos, sigue siendo el corazón de Segorbe. La audiencia, cautivada, salió con una nueva apreciación por su pasado y una deuda de gratitud hacia un hombre que, con humildad y tenacidad, lo mantiene vivo.

 

 

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