En Segorbe, la campaña de la aceituna de este año se vive con una mezcla de alivio, entusiasmo y prudencia. Después de un 2023-2024 para olvidar, marcado por la producción mínima y la incertidumbre económica, la Cooperativa Agrícola San Isidro Labrador ha recuperado el pulso.
La cooperativa alcanzará esta temporada los dos millones de kilos de aceituna procesados. Esa cifra, que hace solo un año parecía muy lejana, marca un punto de inflexión para los cerca de 800 agricultores que dependen del olivar en la zona. No se trata solo de volumen, la calidad también acompaña, con un aceite que presenta una acidez inferior al 0,1, un indicador que se valora especialmente en los mercados más exigentes.
Para entender el impacto de esta campaña, basta con repasar lo ocurrido en las anteriores. En 2023 la cooperativa logró recolectar 1,04 millones de kilos, una cifra razonable. Sin embargo, la temporada siguiente fue un verdadero desastre, la producción cayó un 93%. La climatología jugó en contra desde el principio. Apenas llovió durante todo el año, y cuando finalmente llegó algo de lluvia, lo hizo en pleno momento de recolección, justo cuando menos convenía.
La almazara vivió semanas de actividad mínima, y la cooperativa se vio obligada a aplazar inversiones previstas para modernizar maquinaria y mejorar instalaciones. Esa falta de ingresos se arrastró durante meses y puso en pausa proyectos que estaban ya diseñados.
Por eso la campaña actual se está viviendo casi como un punto de partida. Con más de 1,6 millones de kilos de aceituna dentro de lo que sería una cosecha media-alta, la actividad en la almazara ha recuperado su ritmo habitual. En un año normal, la instalación produce alrededor de 335.000 litros de aceite de alta calidad y factura cerca de un millón de euros. Este año, la tendencia vuelve a acercarse a esos registros.
Con mejores resultados económicos, la cooperativa ha podido retomar las inversiones pendientes. Se han ejecutado mejoras en la zona del patio, donde se reciben las aceitunas y se encuentran las tolvas, un punto clave para evitar retrasos y garantizar que el fruto entre en buenas condiciones. También se han realizado obras dentro de la almazara para cumplir con la normativa actual, entre ellas la adaptación de los baños para personas con discapacidad.
Son actuaciones que, aunque no siempre se ven desde fuera, resultan esenciales para asegurar el futuro de la cooperativa y mantener su capacidad de competir con otras almazaras de la Comunidad Valenciana y del resto del país.
El buen momento de esta campaña no es un hecho aislado. El olivar vive en el Alto Palancia una etapa de recuperación sostenida. En los últimos años ha aumentado el cultivo, ha mejorado la gestión de las explotaciones y el aceite de la zona ha ganado presencia en mercados especializados, especialmente con la línea premium Segorbe Nostrum EnVerde.
Este impulso se explica por varios motivos, la apuesta de los agricultores por variedades autóctonas, el interés creciente por productos de calidad y el esfuerzo conjunto de cooperativas y asociaciones que han visto la necesidad de sumar fuerzas.
Entre estos esfuerzos destaca el proceso para lograr la Denominación de Origen Protegida Aceite de las Sierras Espadán y Calderona, un sello que daría reconocimiento oficial a un producto con identidad propia. Los agricultores lo ven como un objetivo estratégico para reforzar el valor añadido del aceite que producen.
La Generalitat dio un paso importante en julio de 2023 al inscribir a la Asociación para la Promoción y Defensa del Aceite Serrana de Espadán en el registro comunitario de DOP. Desde entonces, el expediente avanza en Madrid y Bruselas, siguiendo el procedimiento habitual, que suele ser largo debido a los controles administrativos y técnicos que exige la UE.
La DOP abarcará un total de 27 municipios —ocho de Valencia y 19 de Castellón— que comparten características geográficas, agrícolas y culturales. Entre ellos están Segorbe, Altura, Azuébar, Soneja o Vall d’Almonacid, todos con un fuerte vínculo histórico con el olivar.
La variedad protagonista será la Serrana de Espadán, un olivo de porte erguido y elevada capacidad de generar aceite. Pero también se contemplan variedades minoritarias que forman parte del paisaje agrícola de la zona: Villalonga, Canetera, Morruda y Arbequina. El resultado es un aceite apreciado por su sabor dulce, fluido y afrutado, con matices que recuerdan a la almendra verde y la hierba fresca.
En el Alto Palancia, hablar de olivos es hablar también de historia. La relación entre la comarca y el aceite se remonta siglos atrás, con un capítulo muy significativo en la Cartuja de Vall de Crist, en Altura, donde funcionaba una de las almazaras antiguas más conocidas de la zona. La desaparición del cultivo de la vid en el siglo XX ayudó a consolidar aún más el protagonismo del olivo.
Antes de 1936 existían 419 almazaras en la comarca. Para 1961, aquel número se había reducido prácticamente a la mitad. Sin embargo, el sector nunca desapareció por completo. Con el tiempo, las instalaciones se fueron concentrando y profesionalizando, dando lugar a modelos cooperativos como el actual.
Además de su historia, el aceite del Alto Palancia está muy condicionado por su entorno. El clima mediterráneo, los suelos poco profundos y los muros de piedra seca que sostienen terrazas en pendiente son elementos que definen el paisaje agrícola de Espadán y Calderona. Todo esto influye directamente en la forma de trabajar y en el carácter del aceite.
El resultado es un producto que combina tradición, territorio y el esfuerzo de cientos de agricultores que, campaña tras campaña, mantienen vivo un cultivo que forma parte de la identidad de la comarca.
La campaña de este año no solo aporta números positivos; también devuelve confianza. Con la almazara en marcha, las inversiones retomadas y la DOP más cerca, el sector afronta el futuro con un optimismo moderado. No se olvidan los altibajos del clima ni la incertidumbre de los mercados, pero el trabajo diario, los resultados actuales y la fuerza del territorio siguen siendo las mejores garantías.

